Quien más y quien menos, todos tendemos a posponer la realización de ciertas tareas u obligaciones por pura pereza. Aplazamos ordenar el trastero igual que aplazamos elaborar el informe que tenemos que presentar a nuestro jefe.
Y lo hacemos amparándonos bajo alguna disculpa peregrina que justifique nuestra falta de diligencia porque, en el fondo, nos sentimos fatal por no hacer lo que deberíamos estar haciendo. De hecho, muchas personas sienten que son un auténtico desastre, incapaces de organizar bien su tiempo mientras lo siguen perdiendo mirando la pantalla de su smartphone. Nada nuevo bajo el sol como ya te hemos contado en este artículo en el que abordamos algunos motivos que se esconden tras la procrastinación.
En todo caso, retrasar este tipo de quehaceres no compromete nuestro bienestar. Sí nos puede causar cierto malestar o cierto enfado con nosotros mismos porque, al final, tenemos que acabar haciendo esas tareas de forma apresurada.
Sin embargo, hay otro tipo de procrastinación que, pese a saber que no nos beneficia en absoluto, seguimos postergando una y otra vez. Por ejemplo, ¿por qué persistimos en dinámicas que ya no nos hacen bien en vez de cambiarlas? ¿Qué nos hace mantener ciertos hábitos por pura inercia? ¿Por qué no afrontamos de una vez por todas ese cambio vital que estamos pidiendo a gritos?
Cuando sientes que necesitas un cambio vital
En nuestra consulta nos encontramos a muchas personas en esta situación. Sienten que no llevan una vida plena, que no son felices, incluso que hay demasiados aspectos que influyen negativamente en su serenidad y en su bienestar.
Sin embargo, no son capaces de hacer nada al respecto a pesar de tener clarísimo la necesidad de cambio vital e incluso sintiendo que ha llegado el momento de hacerlo.
En estos casos no hablamos de pequeños ajustes, sino de decisiones vitales: dejar un trabajo que les consume, distanciarse de amistades que les arrastran emocionalmente, renunciar a rutinas que no les aportan nada o compromisos sociales que cumplen porque sí.
Pero como decíamos, si algo tienen en común muchas de las personas que tratamos en esta situación tan desesperanzadora es que son conscientes de que el cambio vital es necesario, pero no dan el paso. Y lo más desconcertante es que siguen sosteniendo hábitos, relaciones o contextos que ya no les representan.
Este fenómeno no se explica únicamente por la comodidad, por la inercia o por la costumbre. Se trata, en muchos casos, de una forma de autoengaño funcional. Se convencen de que “ya lo harán”. Pero bajo esa procrastinación se esconde una lucha mucho más profunda, vinculada a su identidad, a sus miedos y a su apego a lo conocido.
Cambiar implica, inevitablemente, enfrentarse a una cierta dosis de incertidumbre. Y eso, para el cerebro humano, es incómodo. Nuestro sistema neurológico está diseñado para anticipar patrones, para mantenerse en lo familiar. Lo desconocido, incluso cuando es prometedor, genera ansiedad. Por eso muchas veces preferimos lo malo conocido que el esfuerzo emocional que implica transformarnos.
Además, algunos cambios requieren poner límites, decepcionar a otras personas o asumir pérdidas que solo el hecho de pensarlas, provoca esa resistencia.
Salir de un entorno laboral poco estimulante puede suponer también romper con una estructura que da seguridad. Alejarse de una amistad tóxica puede generar culpa o sensación de abandono… Y así con todo. Son costes invisibles, pero reales.
¿Qué nos frena a cambiar cuando sabemos que nos conviene?
Pues ya casi hemos adelantado esta respuesta con todo lo que te hemos contado. Pero de igual modo, mejor vamos a diseccionar esos aspectos que frenan un cambio vital a pesar del deseo, la necesidad o la sensación de que haya llegado el momento de hacerlo:
1.- Miedo a la incertidumbre: el cambio genera un escenario nuevo donde todo está por construir, y eso puede ser percibido como una amenaza y provocar un miedo que hace que seguir en la situación actual ya no se sienta tan grave.
2.- Apego emocional: aunque algo ya no nos haga bien, seguimos vinculados afectivamente a muchas personas y situaciones por lo que representaron en el pasado.
3.- Inercia y comodidad: todo hábito genera una zona de confort que, aunque disfuncional, es predecible y cómoda.
4.- Culpa o miedo al juicio: muchas decisiones implican decepcionar expectativas ajenas o romper lealtades implícitas, de ahí que se posponga su cambio.
5.- Falta de energía mental: tomar decisiones de cambio requiere recursos cognitivos y emocionales, y no siempre estamos en condiciones de hacerlo.
Reconocer estos frenos es el primer paso para movilizarnos. Y ojo que tampoco hablamos de dejar la vida actual, liarse la manta a la cabeza y marcharse a la India a encontrarse a uno mismo: simplemente, hablamos de cambiar ciertos aspectos de tu vida que no te llenan y te van dejando un poso de infelicidad cada vez mayor.
Llevar a cabo un cambio vital no es fácil, pero postergarlo suele tener un coste aún mayor.
Si sientes que no sabes por dónde comenzar esta transformación o notas que te faltan herramientas para afrontarla ya sabes que siempre puedes contar con la ayuda de nuestro equipo de psicólogos en Pozuelo de Alarcón, ¡pero no te quedes parado!






